Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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¿Qué es felicidad?


¿Cuál es el propósito de la vida? Ser feliz. No importa a qué sociedad pertenezcan o en qué país vivan, todos los seres humanos abrigan el mismo gran anhelo: el de ser felices.


Sin embargo, pocos ideales, como el de la felicidad, son fáciles de alcanzar. Sin duda, todos experimentamos diariamente momentos de tristeza y momentos de dicha; pero aun así, no sabemos a ciencia cierta qué es realmente la felicidad.


Una amiga mía pasó una vez un tiempo considerable de su juventud tratando de descubrir en qué consistía la felicidad, en especial, para las mujeres. Cuando comenzó a reflexionar, lo primero que vino a su mente fue que la felicidad estaba relacionada con la seguridad económica y el matrimonio. (En ese entonces, para la sociedad japonesa, la única felicidad posible para una mujer se hallaba en el matrimonio.) Pero, al observar la vida de algunas de sus amigas casadas, se dio cuenta de que la relación nupcial no garantizaba necesariamente la felicidad.


Conocía a varias parejas que a pesar de haber estado terriblemente enamoradas comenzaban a llevarse mal poco después de casarse. Otras mujeres, que habían contraído matrimonio con hombres pudientes o de buena posición social, lamentablemente, peleaban sin cesar.


Poco a poco, mi amiga se fue dando cuenta de que el secreto de la felicidad yacía en construir un ser interior tan sólido, que ningún sufrimiento o adversidad pudiese hacer tambalear. Comprendió que la dicha verdadera para cualquier ser humano, sin distinción de géneros, nada tenía que ver con la clase de educación recibida, la situación económica o el matrimonio. El punto de partida de la felicidad era la fortaleza que se adquiría para confrontar y conquistar la propia debilidad. Solo así era posible tener una existencia realmente dichosa y disfrutar de un buen matrimonio.


Al cabo de un tiempo, ella me confió que tenía por fin la certeza de que la felicidad no existía en el pasado ni tampoco en el futuro. "Solo se halla en nuestro estado de vida presente", me dijo, "cuando luchamos para enfrentar las vicisitudes de la vida diaria".


Estoy completamente de acuerdo con ella. Nadie mejor que ustedes mismos sabe si se sienten dichosos o están luchando contra el sufrimiento. Son cosas que los demás no pueden percibir. Por ejemplo, alguien acaudalado, que goza de prestigio social y ha recibido muchos honores, puede aun sentir su vida ensombrecida por un indescriptible sufrimiento. Por el contrario, una mujer anciana, sin grandes recursos económicos, que transcurre sola una vida sencilla, puede muy bien sentir que el sol de la dicha se eleva en su corazón cada día.


La felicidad no significa una vida sin problemas. Es, en realidad, la fortaleza para superar los obstáculos que se nos presentan. Una vida sin contrariedades es algo que sencillamente no existe, pues las dificultades son inevitables. La manera en que experimentamos los problemas y reaccionamos ante ellos es algo que depende de cada uno. El budismo enseña que somos responsables tanto de nuestra felicidad como de nuestra desdicha. La fuerza vital o energía que poseemos es, de hecho, el factor más importante para determinar si somos o no felices.


La verdadera dicha se encuentra en nuestro interior, en el estado de nuestro corazón. No existe a lo lejos, en algún lugar inalcanzable. Está dentro de ustedes, de nadie más que de ustedes. Por más que lo intenten, jamás podrán huir de sí mismos. Y si se muestran débiles, el sufrimiento irá con ustedes adondequiera que vayan. No podrán encontrar la felicidad si no desafían su debilidad y logran un cambio en lo más profundo de su ser.


La dicha auténtica está en el dinamismo y en el brío de cada uno de ustedes, que se pone en acción cuando luchan para superar un obstáculo tras otro. Por eso creo que una persona de gran vitalidad, que no le teme a nada, es en verdad feliz.


Los retos que se nos presentan en la vida se comparan con una escarpada montaña que se eleva ante nosotros, los escaladores. Para quienes no se han entrenado adecuadamente y tienen en consecuencia músculos débiles y reflejos lentos, cada centímetro que deban ascender será una terrible pesadilla. Esa misma pendiente, por otro lado, se convertirá en un trayecto fascinante para alguien bien preparado, cuyas piernas y brazos se encuentran fortalecidos por el constante entrenamiento. Con cada paso hacia delante y hacia arriba, se abrirán ante los ojos del escalador paisajes increíbles.


Mi maestro de vida, Josei Toda, solía referirse a dos clases de felicidad: la "relativa" y la "absoluta". La felicidad relativa es la que depende de cosas externas a nosotros: amigos y familiares, el entorno, el tipo de casa que tenemos o el ingreso de que dispone la familia. Es la clase de contento que sentimos cuando satisfacemos un deseo o cuando logramos obtener lo que hemos ansiado por mucho tiempo. Si bien el sentimiento de regocijo que tales cosas nos brindan es por cierto real, la verdad es que ninguna de ellas dura para siempre. Las cosas cambian. La gente cambia. La felicidad relativa se hace añicos fácilmente, cuando se modifican las condiciones externas.


Esa clase de felicidad también se basa en las comparaciones que hacemos. Podemos sentirla cuando logramos ser propietarios de una casa más nueva y más grande que las de nuestros vecinos. Pero es poco lo que dura esa sensación triunfal, pues desaparece en cuanto ellos comienzan, a su vez, a refaccionar y mejorar sus viviendas.


La felicidad absoluta, por el contrario, es algo que podemos encontrar dentro de nosotros. Es la que experimentamos al establecer un estado de vida que nos permite vencer cualquier sufrimiento y sentir que estar vivo es una fuente infinita de deleite. Esa felicidad persiste en nuestro interior, independientemente de qué cosas poseemos o no y de qué sucede alrededor de nosotros. Ese profundo sentimiento de regocijo es algo que solo puede existir en lo más recóndito de nuestra vida y no puede ser destruido por fuerzas externas. Es un júbilo imperecedero e inagotable.


Una satisfacción de esa naturaleza se encuentra en un esfuerzo firme y sostenido, uno que nos permita afirmar: "Hoy, una vez más, daré lo mejor de mí. Hoy, como siempre, no tengo arrepentimiento. Hoy, nuevamente, he triunfado". El resultado de esa clase de esfuerzo es una vida de inmensa victoria.


No debemos compararnos con los demás. Lo que tenemos que hacer es comparar lo que somos hoy con quienes fuimos antes; del mismo modo, lo que somos hoy con lo que seremos mañana. Parece simple y obvio; sin embargo, la verdadera felicidad se encuentra en una vida que avanza constantemente. Y los mismos sinsabores que en otro momento nos harían sufrir pueden en realidad convertirse en motivo de crecimiento cuando los encaramos con coraje y sabiduría.


Alguien cuya vida llena de dramatismo demostró esta verdad fue Natalia Satz, fundadora del primer teatro para niños de Moscú, con quien mantuve una gran amistad. En la década de 1930, ella y su esposo comenzaron a ser vigilados por la policía secreta de la Unión Soviética. Aunque no habían cometido falta alguna, el esposo de Natalia fue arrestado y luego ejecutado, en tanto que a ella la enviaron a un campo de prisioneros en las heladas estepas de Siberia.


Cuando pudo reponerse del terrible impacto, la señora Satz comenzó a considerar su situación no con angustia, sino con esperanza. Se dio cuenta de que muchos de sus compañeros de infortunio eran personas muy capaces, con diversas aptitudes. Comenzó entonces a organizar una "escuela" y a alentar a los otros prisioneros a compartir sus conocimientos con los demás. "Tú eres científico. Háblanos de ciencia", exhortaba a uno; y luego se dirigía a otro: "Y tú, que eres artista, cuéntanos sobre el arte".


Así, el hastío y el terror del campo de prisioneros se transformó en la alegría de aprender y de enseñar. Posteriormente, la señora Satz, aprovechando sus propios talentos, organizó un grupo de teatro. Sobrevivió a los cinco años de prisión a que la habían sentenciado y dedicó el resto de su larga vida a crear teatro para niños. Cuando nos conocimos en Moscú en 1981, ella ya había superado los ochenta años. Se la veía radiante y optimista como una jovencita. Su sonrisa era la sonrisa de alguien que había triunfado sobre todas las penurias de la vida.


Un espíritu como el de ella es el que tuve en mente cuando compuse estas líneas dedicadas a la "felicidad":


Una persona de corazón amplio es feliz;
pues vive cada día con espíritu grande y generoso.
Una persona de voluntad firme es feliz;
pues disfruta de la vida con convicción,
sin dejarse vencer por el dolor.
Una persona de espíritu profundo es feliz;
pues saborea lo más insondable de la vida,
y crea significado y valor imperecedero.
Una persona de mente pura es feliz;
pues siempre disfruta de frescas brisas de alegría.