Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Guardo vívidos recuerdos de mis encuentros con numerosas personas, cuyas voces y palabras me siguen conmoviendo a lo largo de los años. Viene a mi memoria, en especial, mi visita a Guilin, una maravillosa región de la China rodeada de escarpadas montañas cubiertas de bruma y surcada por ríos caudalosos.
Durante una caminata, mis acompañantes y yo encontramos cerca de un río a dos jovencitas de no más de quince o dieciséis años que vendían hierbas medicinales. Llevaban una cesta llena y con voz vibrante invitaban a los transeúntes a comprarlas. "¡Ni hao!" (hola), las saludé. "Ni hao", me contestaron sonriendo; "ofrecemos todo tipo de medicinas, escojan las que quieran".
Su buen humor me hizo sonreír, y les pregunté: "¿Tienen algo que me haga más inteligente?". Parecieron desconcertadas, pero solo por un instante. "Lo siento", dijo una de ellas, "acabamos de vender la última hierba que teníamos para eso".
Todos nos echamos a reír ante la ingeniosa respuesta y sentimos que nos invadía un cálido sentimiento, como si una suave brisa primaveral nos hubiera rozado. Un proverbio chino dice: "Incluso una simple palabra pronunciada con bondad puede entibiar el más crudo invierno del corazón".
Recuerdo con cariño que mi esposa y yo terminamos comprando hierbas como recuerdo; a veces me pregunto cómo estarán esas muchachas y sus familias. Creo que el diálogo sincero de vida a vida puede conmover y llenar de calidez incluso el corazón más gélido. El solo hecho de acercarnos a una persona y de entablar con ella un diálogo directo y franco puede provocar un gran cambio en su vida y también en la nuestra.
Vivimos hoy en día cada vez más abrumados por un torrente de información carente de toda humanidad, fría y despiadada. Cuanto más dependemos de un estilo de comunicación unidireccional –como la radio, la televisión o la palabra escrita—, con más fuerza siento la necesidad de enfatizar el valor de la voz humana: la simple pero preciosa comunicación de una voz con otra voz, de una persona con otra persona; el intercambio de vida a vida.
En una conversación entre dos personas, una de ellas puede formular preguntas o estar en desacuerdo con su interlocutor; eso a la vez puede hacer que este último reconsidere sus propios puntos de vista. Se trata de un proceso dinámico y sumamente variado, que genera satisfacción y entendimiento en ambos participantes del diálogo.
Por mi parte, me encanta hablar con gente de todas partes del mundo. Siempre aprendo algo nuevo y encuentro estimulante estar abierto a las más diversas maneras de pensar. Eso significa un profundo alimento espiritual para mí.
Por experiencia sé que, más allá de la incertidumbre inicial o incluso de la hostilidad que uno puede sentir ante alguien que se acerca a dialogar, si este último lo hace con absoluta sinceridad y habla con la verdad, la otra persona le responderá invariablemente de la misma manera.
Recuerdo que hace algunos años propuse entablar un diálogo con representantes del islam. Algunos de mis amigos trataron de convencerme de que era una empresa difícil; así y todo, yo no podía permitir que esa clase de preconcepto nos detuviera. Nunca se sabe lo que se puede lograr antes de haber probado. Dije entonces que no hacía falta que el diálogo se convirtiera en un debate religioso. Podíamos empezar conversando sobre los problemas en común que teníamos como seres humanos y enfocarlos desde la cultura y la educación. Otro tema posible era el deseo de paz, pues era algo compartido por todos los pueblos del orbe. Me complace decir que, a partir de aquel momento, he mantenido diálogos con respetados líderes del mundo islámico, y que los miembros de la SGI de numerosos países han realizado foros de diálogo entre religiones, de los que participaron representantes del islam, entre otros credos.
Tal vez parezca que mantener una conversación con otra persona es algo común y corriente, sin demasiado peso; pero en realidad constituye la herramienta más poderosa de que disponemos para generar cambios positivos. Podemos intercambiar ideas en un plano muy humano y personal, sobre una base de respeto y de fe en las virtudes esenciales de cada uno. Todos somos iguales y no hay nadie superior o inferior.
El escritor francés Montaigne amaba el diálogo y mantenía siempre una mentalidad abierta. Decía: "Las contradicciones en el juzgar ni me ofenden ni me alteran; me despiertan solo y ejercitan." (1) Para él, el diálogo significaba buscar de la verdad, encontrarla y abrazarla, sin importar de quien viniera. Ya que poseemos dos oídos y una sola boca, quizás deberíamos escuchar dos veces más de lo que hablamos. Pero desde luego, si abrigamos prejuicios y pretensiones de superioridad moral nadie se nos acercará para abrirnos su corazón.
A veces, no nos prestan atención o directamente nos ignoran cuando tratamos de establecer un diálogo. Pero tenemos que recordar entonces que el rechazo y las decepciones son inevitables en la vida, y debemos seguir intentando. Mantener el diálogo requiere mucha paciencia y perseverancia. Necesitamos desarrollar una gran seguridad en nosotros mismos, de modo que, aunque percibamos claramente las emociones que agitan a la otra persona, podamos acercarnos con calma, poco a poco, a su corazón.
Por lo general, el mayor obstáculo para un diálogo fructífero es el apego excesivo al punto de vista propio. Por ejemplo, un distanciamiento entre un padre y su hijo no se puede solucionar mientras el padre vea las cosas como padre, y el hijo, como hijo.
En un diálogo genuino, lo mejor es considerar cualquier tipo de disentimiento como una expresión más de nuestra conexión mutua. Si padre e hijo logran verse a sí mismos como dos personas que comparten un mismo fin –lograr una familia unida—, las cosas pueden dar un sorprendente vuelco positivo. Cuanto más elevado sea el sentimiento en común que nos une, con mayor franqueza podemos abrazar a quienes disienten de nosotros y, de ese modo, asegurar que nuestro diálogo dará resultados sumamente fructíferos.
Los problemas pueden ser de índole estrictamente familiar o alcanzar también el nivel de grandes conflictos internacionales. Cualquiera fuese su envergadura, si las partes involucradas pueden ver las cosas desde una perspectiva elevada y encontrar el propósito en común que las une, será perfectamente posible conducir el diálogo de manera positiva hacia la solución de cualquier diferencia.
Tengo la certeza de que los inevitables conflictos de la vida humana se podrían solucionar mucho mejor, si más personas se dedicaran a cultivar el diálogo con perseverancia y amplia disposición. Desaparecerían entonces los prejuicios y surgiría el entendimiento; del mismo modo, la guerra cedería su lugar a la paz. El auténtico diálogo permite que los puntos de vista opuestos, que enfrentan a las personas entre sí, se transformen en puentes que las unen.
Nota bibliográfica:
(1) MONTAIGNE, Miguel de: Ensayos, Madrid, EDAF, 1971.
© Soka Gakkai Internacional. Todos los derechos reservados.