Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
La creatividad es un aspecto natural de la vida y, como tal, no es algo que solo algunas personas poseen o que se manifiesta en sitios determinados. Por cierto, nadie pensaría que el canto de un ave sea frívolo o amenazador. ¿Quién podría no sentirse cautivado por la belleza de un límpido cielo azul o un árbol de cerezo en flor? En mi opinión, esos son ejemplos de nuestro amor natural por la belleza y del verdadero espíritu de la cultura y el arte.
A menudo, la vida se torna difícil y exhibe espinas, como el tallo de una rosa. La cultura y el arte son justamente las rosas que nacen de ese tallo. Con frecuencia sentimos que el mundo nos trata como si no fuéramos más que partes de una máquina y por ende necesitamos algo que nos permita recobrar nuestra humanidad. Cada uno de nosotros guarda sentimientos inexpresados que se acumulan en su interior: un grito callado que emana desde las profundidades del alma. El arte les da voz y forma a esos sentimientos, pues libera nuestra humanidad. Se convierte así en la emoción, en el placer de expresar nuestra vida interior tal cual es.
Mi fallecido amigo Osvaldo Pugliese (1905-1995) fue un maestro del tango argentino que supo combinar la creatividad con un temperamento firmemente enraizado en la realidad. "Tengo los dedos duros como clavos", solía decir. "Soy sólo un carpintero que martilla las teclas del piano".
El maestro Pugliese nació en el centro de Buenos Aires, en un vecindario donde numerosas familias de inmigrantes vivían hacinadas en departamentos precarios. Pese a ello, las personas eran cálidas y afectuosas, y siempre daban rienda suelta a sus más íntimas emociones.
El padre de Pugliese era el flautista de una orquesta de tango. El tango es impetuoso, sofisticado, humorístico, elegante, hermoso e intenso. Su ritmo vibra con profundos y melancólicos afanes que no se pueden expresar en palabras. Ese mismo ritmo pulsaba en las venas del maestro Pugliese. Después de un largo aprendizaje, de presentarse en innumerables cines y cafés nocturnos, finalmente el artista formó su propia orquesta de tango, cuando tenía treinta y tres años. La agrupación trabajó con gran perseverancia para crear su propio sonido. Y de ese modo, se hicieron dueños de una explosiva popularidad. Mientras tanto, las orquestas que otrora habían sido admiradas y se habían contentado con seguir pasivamente las tendencias de la época, fueron desapareciendo una tras otra.
El señor Pugliese dijo una vez a los miembros de su orquesta: "Estamos navegando en el vasto océano del tango. Lo importante es conocer las corrientes marítimas que nos conducirán al puerto del corazón de la gente".
Creo que la gran música, como todo gran arte, tiene que provenir del corazón. Si el mundo interior de un individuo es débil, su aspecto creativo será igualmente débil. La clave de la existencia es sobrevivir superando toda vicisitud y seguir adelante, pase lo que pase. Una actuación se convierte en fracaso si el músico abandona y deja de tocar en mitad de la presentación. Así, no hay manera de "llegar" al corazón de la audiencia. La determinación de continuar hasta el final es esencial tanto para la vida como para el arte.
El compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) escribió una vez una carta a un joven que quería seguir la carrera artística y lo instó a no dejarse influenciar por la crítica o por la alabanza: "El artista debe mirar hacia el futuro, vislumbrar nuevos mundos en medio del caos. Si al final de su larga travesía puede divisar una luz diminuta, no tiene que temer a la oscuridad que lo circunda, debe seguir adelante. Si por ventura tropieza y cae, debe ponerse nuevamente de pie y continuar su camino. Es lo mismo que la vida. Debemos apretar los dientes y seguir caminando con valentía hacia la luz".
Este espíritu de total entrega es la clave de la creación. De hecho, siento que he logrado algo edificante cuando me he consagrado con todo mi corazón a realizar una tarea y he seguido adelante, sin descanso, hasta verla concluida. En esos momentos, siento que he triunfado en la lucha por enaltecer y expandir mi vida.
La expresión artística es una exploración de nuestro mundo interno. Como escribió Henri David Thoreau (1817-1862): "Dirijan la mirada hacia sus adentros, y hallarán en su corazón mil regiones aún por descubrir".
La creatividad significa arremeter contra los pesados goznes del portón de la vida y abrirlo de par en par. No es una lucha fácil; de hecho, es posible que sea una de las tareas más difíciles, que nos arranque sudor y lágrimas. Porque abrir la puerta de nuestra propia vida puede ser tan difícil como abrir la puerta de los misterios del universo.
Tengo la certeza de que el arte y la cultura enriquecen al individuo y, al mismo tiempo, llegan al corazón de las personas y les permiten comunicarse y acercarse entre sí. La cultura, que no conoce fronteras, trasciende las diferencias étnicas, ideológicas o nacionales. Nos toca en lo profundo y hace surgir en nosotros sentimientos de plenitud y de expansión del yo interior. Las vibraciones espirituales del artista producen vibraciones similares en nuestro corazón. Tal es la condición fundamental de la experiencia artística.
Hay muchas formas de intercambio entre países y personas. Las interacciones que se generan en los ámbitos político y económico tienden a centrarse únicamente en las ganancias y en el poder. Por eso considero que el acercamiento cultural recíproco es un elemento esencial para propiciar el entendimiento entre ciudadanos simples de las diferentes comunidades. La forma más efectiva de comprender a las personas es a través de su cultura, mediante el contacto directo con los sonidos y las imágenes que las conmueven profundamente. Tengo la certeza de que el entendimiento que surja a través de esos intercambios se convertirá en el cimiento de una paz genuina y duradera.
La señora María Teresa Escoda Roxas, ex presidenta del Centro Cultural de las Filipinas, me comentó una vez que, debido a las horribles experiencias que ella había vivido durante la guerra, por mucho tiempo no había podido aceptar a los japoneses. Comprendí profundamente sus sentimientos: los japoneses cometieron terribles atrocidades en contra de seres inocentes; sus padres fueron asesinados por las fuerzas de ocupación nipona. Me dijo: "Pero mis sentimientos cambiaron cuando acompañé a mi esposo en un viaje de negocios al Japón y conocí las artes tradicionales de su pueblo. Llegué a amar el arte japonés y, a través de él, finalmente abrí mi corazón a su gente. El arte puede hacernos trascender el amor y el odio. La cultura es el lazo más fuerte que puede unir a los seres humanos". Sus palabras me conmovieron profundamente.
Tengo la convicción de que todas las personas tienen una capacidad creadora ilimitada y que, si consolidamos ese potencial y fortalecemos nuestros mutuos lazos, podemos definitivamente construir un mundo de paz. Desplegar y desarrollar la capacidad humana para crear es uno de los grandes retos que enfrentamos en los albores del siglo XXI.
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