Presidente de la SGI

Presidente de la SGI : 
Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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A quiénes sirven los líderes


Hace mucho tiempo, en un puerto de los Estados Unidos, un gran número de personas esperaba pacientemente en fila para abordar un buque a vapor. Llegó entonces un hombre que, ignorando a los pasajeros que aguardaban su turno, se adelantó y subió el barco. Su actitud demostraba a las claras que creía estar en todo su derecho de hacer algo así.


Los otros pasajeros lo interpelaron, irritados: "¿Quién se cree usted que es?". El hombre contestó con altanería: "Soy congresal. Un representante del pueblo". Desde atrás, la gente comenzó a protestar: "¿Ah sí? ¡Pues nosotros somos el pueblo!". Desde luego, el arrogante sujeto tuvo que bajarse del barco y colocarse al final de la fila.


Lamentablemente, a menudo hay dirigentes que se vuelven orgullosos y piensan que el poder es algo que poseen por derecho. Pero se olvidan del punto más básico: sin las personas y sin su apoyo, no serían líderes.


En general, hay dos tipos de líderes –tanto en la esfera política como dentro de una compañía u organización. Uno es quienes tratan de que las personas hagan emerger su sabiduría. El otro es quienes tratan de mantenerlas en la ignorancia. En realidad, la diferencia entre una y otra postura es la diferencia que existe entre el liderazgo y la dictadura.


Un auténtico líder no se considera alguien especial o superior a los demás, y jamás menosprecia a nadie. Los líderes realmente grandes respetan sinceramente a las personas comunes, que se esfuerzan con seriedad y viven honradamente de su trabajo. Poseen, además, la humildad y la disposición de aprender de quienes lo rodean.


Actualmente, el concepto de liderazgo ha tenido cambios sustanciales. La época en que se impartían órdenes desde los niveles superiores, y estas se obedecían en las filas del pueblo llegó a su fin. Las personas se resisten instintivamente a los mandatos y dictámenes. Las cosas ocurren en los niveles populares, se generan en el ámbito de la gente común. Hoy, la tarea principal de un líder es propiciar la comunicación y crear unidad, entusiasmo y cooperación entre los miembros de un equipo. El liderazgo es ahora una cuestión de servicio no, de control.


Un libro de reciente publicación emplea la imagen de una manada de búfalos para describir un estilo obsoleto de liderazgo. Todos los integrantes del grupo siguen al búfalo guía; van adonde él quiere ir y esperan sus instrucciones.


El autor del libro propone un modelo mejor, representado por una bandada de gansos. Estas aves vuelan en una formación que asemeja una "v" con el vértice hacia adelante, y el líder alterna su lugar al frente con los demás gansos. En este modelo, todos asumen la responsabilidad, son iguales y trabajan juntos para lograr un objetivo común.


Una vez le pregunté al piloto de una aerolínea cuáles eran las condiciones necesarias para ser un buen capitán. Él afirmó que era importante, sobre todo, lograr que un grupo grande de personas trabajaran juntas en armonía y también, generar un sentido colectivo de responsabilidad. Me explicó, sin embargo, que había casos en que el capitán consideraba una impertinencia verificar en detalle las tareas de su tripulación; del mismo modo, a veces el personal a bordo notaba que algo no marchaba bien, pero decidía no informarlo, para no molestar al capitán. Como resultado de ello, se habían producido trágicos accidentes. Solo si cada miembro de la tripulación posee el mismo sentido de responsabilidad que el capitán, se puede estar seguro de llegar felizmente a tierra luego de un excelente vuelo.


Un verdadero líder siempre está planificando minuciosamente cada detalle, de manera que todos puedan disfrutar de su trabajo y dedicarse tranquilamente a sus tareas.


Hoy en día, lo más importante es que los líderes posean verdadera integridad y fortaleza de carácter, y no, cuánto conocimiento específico o capacidad pueden demostrar en esta u otra área del quehacer humano. Las personas simplemente no siguen a quienes no pueden respetar.


Hace ya mucho tiempo, la Liga Iroquesa, una confederación de cinco naciones indígenas nativas del territorio que hoy integra los Estados Unidos, adoptó una constitución conocida como la "Gran Ley de la Paz", en la que se enumeraban los atributos que debía poseer un líder:


Los señores de la confederación (...) serán siempre los mentores del pueblo. El espesor de su piel será de siete palmos, es decir será impenetrable por la cólera, la acción ofensiva y las críticas. Sus corazones estarán colmados de paz y buena voluntad, y sus mentes perseguirán el bienestar de las personas de la confederación. Con infinita paciencia llevarán a cabo su deber y su firmeza será templada por el cariño hacia su pueblo. Ni la ira ni la rabia hallarán cobijo en sus mentes, y sus palabras y acciones serán prescritas en serena reflexión. (1)


Según un historiador, cuando los nativos norteamericanos se reunían, inmediatamente sabían claramente quién era su caudillo. ¿Por qué razón? Desde luego, no porque este estuviera dándose ínfulas. De hecho, el jefe era el más modesto, el menos pretencioso.


Un líder moderno que conocí causó una honda impresión en mí. Se trata del ex primer ministro sueco Ingvar Carlsson. Aun después de haber sido elegido para ocupar su cargo, continuó tomando el autobús para ir a trabajar. Por más cansado que estuviese, se negaba a usar taxis o automóviles oficiales. Cuando recibía invitados, el señor Carlsson solicitaba autorización al departamento de contabilidad para realizar el gasto de la recepción.


Uno de sus principios rectores, según él me comentó una vez, era que un líder político jamás debía pedir a otros hacer lo que él no era capaz de hacer. Como Carlsson, los dirigentes deben ser los primeros en comprometerse con los principios que defienden. Esa obligación contraída implica sinceridad y un sentido profundo de responsabilidad, pues es lo que permite extraer valentía, sabiduría y energía. Es injusto que un líder pretenda que otros se afanen por lograr metas, mientras él se esfuerza solo a medias por ese mismo objetivo.


El espíritu de un verdadero líder es ser estricto consigo mismo y gentil con los demás. Parte de esa regla es esforzarse por crecer. Todos sufren cuando los líderes se estancan. Cuando un vehículo se atasca en la ruta, los que vienen atrás no pueden avanzar.


Los caudillos de la Liga Iroquesa establecieron pautas elevadas en sus propios principios ancestrales: "Velen por el ventura de todas las personas y tengan siempre en cuenta no solo a las generaciones presentes, sino también a las venideras, incluso a aquellas que, todavía bajo la superficie de la tierra, son el increado futuro de la nación".


Sabían que los verdaderos líderes eran quienes poseían la visión y la sabiduría de desplegar una vasta mirada hacia el futuro, y de pensar en el bienestar, sobre todo, de quienes vendrían después de ellos.


Nota bibliográfica:

(1) Artículo 24 de la Constitución Iroquesa o Gran Ley de la Paz, agosto 1142.