Presidente de la SGI

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Daisaku Ikeda

Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.


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Gestando una nueva conciencia universal


Conferencia conmemorativa pronunciada en la Universidad de Asia Oriental, en Macao, el 30 de enero de 1991

En primer lugar, deseo poder expresar el inmenso honor que significa, para mí, haber sido designado Profesor Honorario de la Universidad de Asia Oriental de Macao. En especial, quisiera transmitir mi más profundo agradecimiento al doctor Jorge A. H. Rangel, presidente de la Fundación Macao, al doctor Hsueh Shou Sheng, rector de la Universidad, y a los muchos miembros del distinguido claustro docente. También me siento honrado por la oportunidad de manifestar ciertas observaciones a los estudiantes, cuyos rostros parecen arder con el brillo de la juventud y con la pasión de la curiosidad intelectual.
Desde el siglo XVI, Macao ha sido centro del comercio portugués con el Oriente, y por tal razón desempeñó un papel crucial en los vínculos entre Oriente y Occidente. Macao también ha cumplido una función relevante como puerto de tránsito en la ruta mercantil entre la China y el Japón, y a menudo fue la «ventana» por medio de la cual esta última nación pudo establecer sus primeros contactos con la civilización europea.
Esta es mi primera visita a Macao. Me impresionó vívidamente la belleza singularísima de la isla, cuyas tradicionales estructuras chinas se funden armoniosamente con la edificación típica del Portugal. Para mí, esta ciudad es prueba viviente de que las culturas oriental y occidental pueden convivir de un modo complementario y armonioso.
En abril de 1990, tuvimos el honor de escuchar una conferencia conmemorativa del doctor Rangel, en la Universidad Soka. En esa ocasión, señaló que, desde el punto de vista de la historia de las civilizaciones, Macao había cumplido, durante cuatrocientos cincuenta años, el trascendente papel de mostrar al mundo que era posible la fusión entre las culturas de Oriente y de Occidente. En esta era de creciente internacionalización, creo que Macao será reconocida mundialmente por su valioso ejemplo de coexistencia cultural y por haber trazado el precedente de una armonía capaz de trascender las fronteras.
La naturaleza internacional de Macao también se observa en la Universidad de Asia Oriental que, además de ser la única de la isla, se prepara para celebrar su décimo aniversario. En esta institución se congregan distinguidos académicos de la China, del Reino Unido, de Portugal, Francia, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Australia, Nueva Zelanda y el Japón. La Universidad Soka ha celebrado un acuerdo de intercambio académico con la Universidad de Asia Oriental, y entiendo que ustedes también están promoviendo intercambios semejantes con muchas otras universidades e institutos de investigación de todo el mundo.
Cuando se realizaron las ceremonias inaugurales de esta universidad, asistieron ciento treinta y cinco rectores y cancilleres de universidades e institutos terciarios, de veintiséis países de todo el globo. Esto refleja, para mí, la firme determinación que poseen sus docentes, su plantel administrativo y su alumnado, de cumplir un papel protagónico en la era internacional que se avecina. También veo, en ello, las grandes expectativas que las instituciones de enseñanza del mundo han depositado en esta universidad. Yo comparto estas esperanzas y siento que la Universidad de Asia Oriental está llamada a desempeñar un papel crucial en el Oriente, en esta inminente era sin fronteras. Cuando contemplo los horizontes que se extienden en el porvenir de esta institución, viene a mi mente la imagen de un brillante sol de esperanza que asoma por sobre la tierra de Macao para iluminar, con sus rayos, el mundo del siglo XXI.
A raíz de la Guerra del Golfo, el mundo de hoy enfrenta una grave crisis en circunstancias en que aún no se ha llegado a un nuevo sistema de orden y de armonía que reemplace el eje bipolar dominado por las relaciones entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Aún no se vislumbra un nuevo orden mundial que allane la ruta hacia la unificación espiritual de la humanidad. Por el contrario, nuestra época parece signada por el caos. Esta situación se ve representada por el surgimiento explosivo de pasiones nacionalistas en todo el mundo, frente al inexorable derrumbe de las ideologías. Si bien no puede negarse que la nacionalidad o la naturaleza étnica son puntos fundamentales a los cuales uno se remite en su búsqueda de la identidad, hay pocas posibilidades de que se pueda llegar a este nuevo orden mundial sobre la base del nacionalismo. El fallecido Norman Cousins, con quien mantuve lazos de amistad, solía decir que la misión primaria de la educación era inculcar en el pensamiento de la gente no una "conciencia tribal" sino una "conciencia humana". En otras palabras, el tribalismo o el nacionalismo, que forman parte de todos nosotros en un nivel subconciente, pueden ser cultivados y elevados --por medio de la educación, de la filosofía y de la religión-- hacia otra clase de conciencia, más abierta y universal, que se dirija a la humanidad en conjunto. Sin esto, jamás podremos cristalizar ese nuevo orden que ansiamos en el mundo.
Si pienso en el desafío que nos impone esta tarea, casi inevitablemente imagino en el sentido del orden y de la armonía que fluye, como subterránea corriente, en estos tres mil años de historia que ha acuñado la civilización china. Creo que esta corriente espiritual también puede rastrearse en las cinco virtudes cardinales --benevolencia, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad-- que constituyen el lema y el ánimo fundador de la Universidad de Asia Oriental. En años recientes, tanto el Japón como las NIES (nuevas economías industriales) de Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong han alcanzado un rápido desarrollo económico. Probablemente a partir de este estímulo, se intentó reunir a estos países y territorios, junto con la China continental, como parte de una «esfera cultural asiática, o de una «esfera cultural de carácter chino». Claramente, la trascendencia de la cultura asiática excede el plano económico y debe ser examinada desde el punto de vista de la historia de la civilización.
Hace unos diez años, el prominente sinólogo norteamericano, profesor William Theodore de Bary, de la Universidad de Columbia, publicó una colección de conferencias originariamente pronunciadas en la Universidad China de Hong Kong, con el título The Liberal Chinese Tradition (La tradición liberal de la China).
En ese libro, el profesor de Bary analiza conceptos centrales de la cultura china, tales como el aprendizaje que parte de uno mismo, el dominio de la propia personalidad, el retorno al decoro y al respeto, la responsabilidad moral sobre los propios actos y los logros a partir de uno mismo. En fin, sostiene que, cuando se examina de cerca el "neo-confucianismo" postulado por Chu Zi (1130-1200), se advierten en él elementos lógicamente relacionados con el individualismo y el liberalismo moderno europeo, a pesar de que, normalmente, se le atribuye haber constituido la base ideológica del feudalismo chino.
Habrán notado, en las expresiones que acabo de verter, cuántas veces mencioné las palabras «propio» o «uno mismo». Hay un vínculo lógico entre el logro de la identidad y la libertad; el tono básico que impera en todas estas expresiones es la autonomía individual. La idea de buscar el conocimiento a partir de uno mismo, por ejemplo, no tiene nada que ver con la enseñanza impuesta, como la que se impartió en la China bajo el clásico sistema de exámenes, sino que invita a retornar al entendimiento, a la reflexión, al reconocimiento desde la propia persona. Aquí vemos un modelo coherente que postula la introspección y la reflexión sobre uno mismo. Esto es algo que el doctor Rangel subrayó en sus palabras de hoy.
Si bien el profesor de Bary no lo menciona específicamente, también hay algo muy cartesiano en este concepto de autonomía del individuo introspectivo. En medio del caos filosófico que produjo el derrumbe del escolasticismo medieval, Descartes llegó a su célebre máxima: Pienso, luego existo (cogito, ergo sum), mediante un exhaustivo proceso de autocontemplación. Esta introspección fundamental sería la base sobre la cual construiría luego todo el andamiaje de su pensamiento filosófico. Es como si viéramos la figura imponente de un Descartes amo de sí mismo, transitando con dignidad el camino que escogió... Esta sola imagen justifica a todo aquel que lo defina como padre de toda la filosofía europea moderna.
Sin embargo, es útil notar que el cartesianismo, si bien postula la autonomía del individuo libre de toda traba, casi carece de toda referencia al otro y, en este sentido, difiere radicalmente del individualismo o del liberalismo que expresa la filosofía china.
En el precepto chino de ser amo de uno mismo y de retornar al decoro, por ejemplo, vemos un compromiso claro y positivo de ese yo introspectivo con el "otro", mediante el vehículo de las normas sociales, o del decoro. Las corrientes liberales e individualistas del pensamiento chino difieren de sus equivalentes europeos en que siempre presuponen la existencia de la sociedad, como marco orgánico de la vida y de las actividades individuales. En cuanto a esto, me parece sobresaliente el sentido de la armonía tan realista que evidencia el pensamiento chino tradicional. Podría decirse que es un sentido del deber y de la responsabilidad que cabe a todo individuo para mejorar la sociedad y la existencia humana. El profesor de Bary señala: "Aquí parecería quedar excluido un individualismo radical, para dejar paso, en cambio, a lo que denomino personalismo confuciano: el concepto según el cual la persona llega a ser plenamente sí misma cuando alcanza con mayor plenitud su comunión con los semejantes".
Obviamente, el "individualismo radical" que aquí se menciona es el individualismo europeo, cuyos límites intrínsecos se han puesto en evidencia con el transcurso del devenir social. Parece ser que este punto ha llamado la atención de los estudiosos occidentales interesados en el florecimiento del Asia nororiental.
El erudito Lon Vandermeersch, destacado sinólogo francés, ha dicho que, al escribir su estudio sobre la cultura china titulado Le Monde Sinese (El mundo chino), lo movió el propósito de exponer la tendencia perniciosa de lo que denomina "ultra-individualismo" occidental y el deseo de infundir en los pueblos de occidente una mayor conciencia y reflexión.
Desde luego, nada de esto debe tomarse como un afán de negar o de subestimar la gran trascendencia histórica ni los frutos del individualismo europeo. Por citar solo un ejemplo, nuestra concepción contemporánea de los derechos humanos no existiría sin las ideas expresadas en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, promulgada en Francia hace doscientos años para proteger la dignidad del ser humano frente a la intrusión de la poderosa autoridad estatal. Tampoco existiría sin el espíritu del individualismo que sustentó esta célebre declaración. En lo que respecta a la conciencia del pueblo sobre los derechos humanos, debo decir que, al menos en el Japón, todavía estamos rezagados frente a Occidente.
De todas formas, creo que el defecto central del "individualismo radical" o del "ultra-individualismo" encarnado por Occidente estaría dado por la siguiente situación: al situar al individuo desnudo y vulnerable frente al estado, se hace tanto hincapié en los derechos individuales, que queda amenazada la trama social orgánica en que transcurren, en definitiva, las actividades humanas. Tal como lo ilustró la Revolución Francesa, el énfasis excesivo en la confrontación entre el individuo y el estado tiende a erradicar las comunidades pequeñas y medianas que actúan como vínculo entre ambos extremos. Esta tendencia pudo observarse en muchas sociedades que vivieron una expansión y una centralización de la autoridad estatal.
Sin embargo, en la práctica, es raro que se produzca un enfrentamiento directo entre el individuo y el estado; pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en interacciones más reducidas: el hogar, el ámbito de trabajo, la comunidad vecinal. Este es el verdadero escenario de nuestro compromiso genuino y frontal con los semejantes y, por lo tanto, también es el marco de nuestro propio descubrimiento, pues allí percibimos nítidamente la realidad de nuestra vida y valoramos la dicha de estar vivos.
Cuando el individuo que vive en un entorno comunitario inestable se ve obligado a enfrentarse con el estado, es probable que caiga en un estado de anomie (según Durkheim, un estado de ‘desarreglo’ y de falta de coordinación) o que se torne vulnerable a la influencia del totalitarismo. En el transcurso de este siglo, hemos podido presenciar este fenómeno en muchas ocasiones.
Hay una célebre anécdota que se refiere al emperador Yao, ese legendario y sabio monarca, que nos ofrece un marcado contraste con la situación que hoy transitan los liderazgos políticos en el mundo. La historia describe un estado en que el pueblo convive satisfecho y en paz. Un día, preocupado por saber si su gobierno realmente procuraba la felicidad al pueblo, el emperador Yao se disfraza de plebeyo y se aventura a las calles de su reino. Cuando estaba por entrar en la aldea, se cruza con un anciano campesino de cabello cano que canta una tonada, mientras hace girar un trompo de madera y satisfecho golpea su panza:


Con el Sol despierto, para la labranza,
y cuando el Sol se pone, descanso,
si tengo sed, cavo un pozo,
si tengo hambre, siego el campo.
¿Para qué querría yo
el poder de un emperador?


¡Qué afirmación de la vida tan jubilosa y sensata nos muestra esta historia! Para mí, este relato tradicional contiene el espíritu que dio nacimiento a la excelente tradicional liberal e individual de la China, que ahora está desempolvando la mirada estudiosa de Occidente. Utilicé el término «desempolvar» deliberadamente, pues estos elementos han quedado enterrados y oscurecidos por las corrientes de la historia. Una pregunta que merece nuestro análisis y estudio es por qué motivo esta tradición que contiene el germen de muchos conceptos liberales no pudo dar frutos como tal.
Sin embargo, esta herencia espiritual no puede ser negada. La armonía que impregna los tres mil años de historia china --y que uno se siente tentado a definir como la "conciencia original del pueblo chino"--, además de prodigar orden al hombre, se eleva al nivel de un espíritu cosmopolita. Esta singular espiritualidad se refleja claramente en el budismo chino y en el Mahayana del Japón, con su «enseñanza perfecta» (en japonés, engyo) que todo lo abarca, intensamente afirmativa.
En este aspecto del pensamiento chino, de Bary y Vandermeersch parecen haber encontrado importantes indicios para elaborar una salida del estancamiento que sume a la civilización de carácter europeo.
Sun Yat Sen, quien pasó parte de su juventud en Macao, escribió que, cuando nos preguntamos cómo mantener permanentemente la condición social del pueblo y de la nación, la respuesta pasa por la moral. La moral correcta es el factor esencial para poder mantener permanentemente el orden de una nación. Esta moralidad no se logra mediante la adhesión formal a las reglas de cortesía y a los rituales propios de la civilización china, sino mediante el contacto con esta veta más profunda que designé «conciencia original» y que consiste en postular un orden de armonía más abarcador.
De este modo, las cinco virtudes cardinales que componen el lema de su universidad --benevolencia, justicia, decoro, sabiduría y fidelidad-- cobrarán nueva vida y hallarán un nuevo significado como patrones para el siglo XXI, cuando se las interprete a la luz de esta excelente tradición china.
El budismo tiene mucho que decir con respecto a la importancia de estas virtudes, y a raíz de ello deseo considerar qué función y qué significado podrían adquirir en un contexto contemporáneo. La primera, benevolencia, sugiere el despertar del humanismo y de los actos humanitarios; más ampliamente, se refiere a la clase de amor que se dirige a toda la especie humana. La justicia comienza con la conquista de los impulsos egoístas. Hoy vivimos una transición que nos exige mantener el respeto mutuo por la soberanía de las naciones pero, a la vez, también superar los nacionalismos excesivos y locales para aspirar a una soberanía de la humanidad en beneficio de toda la familia humana. En tal sentido, trascender los impulsos egoístas pasa a ser una condición indispensable para poder forjar ciudadanos del mundo.
El decoro se refiere a reconocer y respetar la existencia de los otros. Nuestro mundo es una suma de muchos pueblos y naciones distintos, y todos poseen culturas y tradiciones diferentes, que forman el núcleo de las identidades nacionales. La base de toda coexistencia pacífica consiste en reconocer y tratar de comprender respetuosamente la diversidad cultural.
La virtud de la sabiduría es la fuente de todas las actividades creativas. Como mencio né antes, hoy enfrentamos una guerra en el Golfo Pérsico, que ha precipitado problemas mundiales como la contaminación del ambiente natural. Es necesario que nos liberemos de las formas rígidas y establecidas de pensar, que tomemos contacto con nuevas fuentes de sabiduría que nos infundan una actitud flexible y capaz de adaptarse, que apliquemos esta sabiduría a la resolución de los problemas atroces que amenazan la existencia humana.
La última de las cinco virtudes cardinales es la fidelidad o, como me gusta denominarla, sinceridad. Este es el elemento básico para transformar la desconfianza en confianza, la hostilidad en comprensión, el odio en misericordia. Los elementos de la confianza y de la amistad no pueden cultivarse con una actitud estratégica. Para que los pueblos del mundo abran el corazón y la mente en forma recíproca, lo que hace falta es una auténtica confianza.
Un hombre que ejerció estas virtudes naturalmente y sin artificios fue el fallecido primer ministro Chou En-lai, a quien tuve el privilegio de conocer en mi segunda visita a la China, en diciembre de 1974, un año antes de que se apagara su vida. También he sido honrado con la constante amistad de la señora Deng Yingchao, la viuda del primer ministro Chou. Este hombre manifestó, en todos sus aspectos, desde su presencia hasta su modo de hablar, el firme espíritu del «autocontrol». Nuestro encuentro tuvo lugar en una sala del hospital de Pekín donde el primer ministro Chou se recuperaba de su enfermedad. Aunque estaba convaleciente, insistió en ponerse de pie y en ir hasta la puerta para recibirme y para despedirse de mí. Hasta el día de hoy, conservo el recuerdo imborrable de su cortesía conmovedora.
Recuerdo que la sala en que nos reunimos estaba amoblada con gran austeridad. Reconoció sin rodeos que la China «no estaba pasando por momentos de prosperidad», y se abocó a analizar la perspectiva de forjar lazos de amistad entre los pueblos, que pudieran perdurar a lo largo de las generaciones y que se basaran en el espíritu de la igualdad y de los beneficios recíprocos. En nuestro diálogo, advertí las cualidades de su maravillosa humildad, su énfasis en la armonía y el control de la propia persona y un poderoso deseo de vivir según las íntimas convicciones. Luego, me tomé la libertad de plantar cerezos en memoria del fallecido Primer Ministro, en los predios de la Universidad Soka. Y, en otra ocasión, también planté otros dos cerezos dedicados al primer ministro Chou y a la señora Deng.
Como sabrán, Wen Tian Xiang (1236-1282), de la dinastía Sung del sur, escribió un famoso poema para describir la inmensidad del mar que rodea a Macao. Aprobó con honores los clásicos exámenes para ingresar en el servicio oficial y llegó a ser general, cargo en el cual hizo gala de su gran inteligencia y valor. Pese a su empeño por impedir la invasión de las fuerzas mongolas (Yuan), finalmente fue capturado. Los mongoles, admirados ante su gran capacidad y personalidad, intentaron convencerlo de que se sumara a las filas de ellos, trocando su lealtad. En ese momento, escribió un poema cuyo significado se resume así:

Cuando fui derrotado por los Yuan, en las márgenes de los rápidos de Huangkong, en Jiangxi, me invadió el pánico, el temor. Me lamenté de mi soledad en el Mar de Lingding. Desde los tiempos remotos, ¿hubo alguien que pudiese escapar de la muerte? Si he de morir, al menos quiero dejar al mundo un legado de fidelidad y de sinceridad , que brille a lo largo de la historia.

En este poema, Wen Tian Xiang expresó su repudio a la deslealtad, aun cuando sabía que la decisión de no obedecer le valdría la muerte. Luego, fue ejecutado. El nombre de Wen continúa brillando aún hoy; fue un héroe magnífico que vivió a la altura de sus convicciones hasta el último momento de la vida. Este episodio sigue emocionándonos incluso hoy, pues expresa los sentimientos de un humanismo verdaderamente universal, que trasciende las circunstancias pasajeras.
Esta tierra de Macao mira al mar sobre el cual escribió Wen Tian Xiang cuando determinó vivir y morir por una causa honorable; en ella, Sun Yat Sen se consagró al movimiento de la reforma feudal en la China. Por ello, creo que Macao es el lugar más propicio para que los jóvenes despierten a los ideales y los objetivos que desean concretar en la vida.
Mientras concluyo estas observaciones, vislumbro la imagen de los jóvenes que estudian aquí, en la Universidad de Asia Oriental. Como pioneros del nuevo espíritu y de la nueva conciencia humanista, los veo zarpar de este puerto de nueva sabiduría mundial al gran océano del pacífico del siglo XXI.