Presidente de la SGI :
Daisaku Ikeda
Daisaku Ikeda es un escritor prolífico, poeta y activista de la paz, reconocido como uno de los intérpretes más importantes del budismo, quien con su sabiduría influye en muchas de las cuestiones contemporáneas que enfrenta nuestra humanidad.
Discurso pronunciado en la Cuarta Conferencia en Memoria de Gandhi, del Gandhi Smriti y Darshan Samiti (Centro en memoria de Gandhi), realizada en el Museo Nacional, Nueva Delhi, el 11 de febrero de 1992
Es realmente un inmenso honor para mí haber sido invitado a hablar frente a un auditorio tan distinguido como éste, por el Gandhi Smriti y Darshan Samiti, que representa y simboliza la gran herencia espiritual de la India.
También quisiera manifestar mi profundo y constante respeto por la importante labor llevada a cabo por el Gandhi Smriti y Darshan Samiti, que se ocupa de transmitir al futuro y al mundo entero el espíritu perenne del Mahatma Gandhi, desde el sitio en que éste vivió.
Cuando el doctor Radhakrishnan visitó el Japón, en el otoño pasado (15 de noviembre de 1991), en cierto momento nuestra conversación viró hacia el recuerdo de nuestros respectivos mentores y hacia la herencia espiritual que se transmite de maestro a discípulo. Sucede que hoy, 11 de febrero, es el natalicio de Josei Toda, segundo presidente de la Soka Gakkai y hombre a quien estimo como mi mentor personal en la vida.
Toda nació en 1900. Era unos treinta años más joven que el Mahatma Gandhi. Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras Gandhi libraba sus últimas batallas en la prisión, mi mentor también debió ser encarcelado por su oposición a las autoridades militares japonesas. Al igual que Gandhi, Toda fue un pacifista de firmes convicciones. También fue un líder del pueblo, inspirado en la misericordia más profunda. Y, por fin, como Gandhi, fue también un creativo reformista social. Todas las actividades de la Soka Gakkai Internacional por la paz, la cultura y la educación parten de los esfuerzos del presidente Toda y del espíritu que heredamos de él.
Mi mentor amaba y respetaba la India entrañablemente. Sé que su sueño era, algún día, poder visitar la India y mantener profundos diálogos con los filósofos de su tierra. Por tal razón, mientras me dirijo a ustedes, me invade la sensación de estar junto a mi difunto maestro, de estar hablando en su nombre.
Es innegable que nuestro mundo ha entrado en una época de cambio trascendental, en un período de transición de esos que, por su magnitud, acaso se producen una vez cada cien años. Vimos que las fuerzas históricas liberadas por la perestroika que gestó Mijaíl Gorbachov hoy irrumpen, como aguas que desbordan un dique, para inundar y devorar aquello que les dio su ímpetu original. Y si bien puede decirse que los últimos años de otros siglos también se caracterizaron por grandes transformaciones, los cambios que presenciamos en estos años recientes --desde el colapso del Muro de Berlín hasta la disolución de la Unión Soviética-- han superado por lejos las predicciones y expectativas de cualquier historiador.
Por un lado, estos sucesos han dado crédito a la idea de que no hay forma de autoritarismo o de autoridad que pueda sofocar la voz del pueblo anónimo que aspira a la libertad. El otro aspecto igualmente innegable de estos cambios es que amenazan con dejarnos a la deriva, en nuevas e ignotas regiones de la historia, privados de toda ideología o principio rector. Cuanto más profundo es el caos que nos amenaza, más siento la necesidad de que escuchemos la voz del Mahatma Gandhi, que apela a nosotros en silencio. Es como si surgiera de las quietas honduras que se extienden bajo las olas furiosas que agitan la superficie de la corriente histórica.
Lo que sucede en Rusia es un enigma. No he analizado mucho la situación soviética, pero siento una profunda desconfianza con respecto al éxito que, a la larga, pueda tener el experimento que están llevando a cabo allí. Me parece que es un desafío a la no violencia. Al parecer va triunfando, pero atrás de ese éxito yace la fuerza, la violencia. [...] Cuando los habitantes de la India son expuestos a la influencia soviética, esto provoca en ellos una intolerancia extrema...(1)
Estas son las palabras que Gandhi dirigió a Romain Rolland en diciembre de 1931, mientras este último convalecía cerca del lago Leman, en Suiza. Para muchos de sus contemporáneos, frente a la amenaza del fascismo, el experimento comunista que se llevaba a cabo en Rusia se presentaba como un faro de esperanza para la humanidad. En ese momento, el lado oscuro de la ideología bolchevique --su propensión a la violencia y al terror-- aún no había sido expuesto al mundo. Por tanto, hasta un ardiente pacifista como Rolland creía que su misión era "ser un lazo entre las dos revoluciones --la de Gandhi y la de Lenin--, de tal suerte que ambas se conjuguen en esta hora, para derrocar el viejo mundo y fundar un orden nuevo".(2)
Dadas las circunstancias históricas y la limitada información de que disponía Gandhi, es realmente notable que haya podido percibir la violencia y la intolerancia de la ideología bolchevique --que desde entonces fueron sus males inveteradas--, tan sólo con su visión preclara, arraigada en la experiencia. En agosto pasado, inmediatamente después del fallido intento golpista --que, en última instancia, condujo a la caída final de la Unión Soviética-- el mundo vio a los ciudadanos de Moscú derribar y pisotear la enorme estatua de Feliks Dzerzhinskii, fundador de la KGB. Al observar la escena, una vez más me sentí conmovido por la seguridad de la visión de Gandhi que, libre de todo prejuicio, le permitió discernir directamente la naturaleza esencial de los acontecimientos.
A medida que nos acercamos al final de este siglo, de guerras y violencia sin precedentes, buscamos el objetivo común de crear un mundo sin guerras. En esta coyuntura crítica, ¿qué podemos --qué debemos-- aprender de este gran filósofo, de este individuo cuyo legado espiritual bien podría contarse entre los tesoros invalorables de la especie humana, como un milagro del siglo XX? Hoy quisiera compartir mis reflexiones personales sobre el "gandhismo", desde estos cuatro aspectos: su optimismo, su "activismo", su populismo, y el carácter "holístico" de su visión.
En primer lugar, me referiré, al optimismo férreo e inclaudicable de Gandhi. El optimismo ha sido el sello distintivo de casi todas las personalidades descollantes, ya sea que fuesen filósofos o estadistas, desde los tiempos antiguos. Sin embargo, acaso sea imposible hallar un ejemplo que se compare con Gandhi, un hombre cuyas acciones y logros llevan la marca de un optimismo fresco y puro, libre de toda intención de promocionarse.
Como él mismo dijo: "Sigo siendo optimista, no porque pueda mostrar evidencias de que el bien esté prosperando, sino porque tengo una fe inquebrantable en que el bien deberá prosperar, finalmente".(3) Y en otra ocasión, este "optimista indomable" dijo: "Mi optimismo se debe a que confío en las posibilidades infinitas de cada individuo para desarrollar la no violencia".(4)
Como lo sugieren estos fragmentos, el optimismo de Gandhi no era relativo, sino absoluto. No se basaba en un análisis de las condiciones objetivas ni en un pronóstico. Su fe en la no violencia y en la justicia surgían de su absoluta confianza en la humanidad. Se trataba de una fe incondicional, a la cual llegó al cabo de un riguroso proceso de introspección, en que sondeó las honduras más profundas de su ser. La convicción indestructible que forjó así fue algo que ni siquiera la muerte pudo quitarle. En ello, observo lo que yo defino como verdadera esencia del pensamiento deductivo oriental, que siempre comienza por un regreso reflexivo al "yo".
Como su optimismo era incondicional, no conocía estancamientos. Mientras él adhiriera a sus propias convicciones, su optimismo prometía una visión de esperanza y de victoria ilimitadas. Nos enseñó que en la no violencia no puede existir derrota posible, sino que, por el contrario, la derrota es el final obligado de toda violencia. En el tono sereno de sus palabras advertimos una indomable confianza en sí mismo, un clamor triunfal que sólo pueden lanzar las almas que alcanzan el verdadero dominio de sí mismo.
Creo que su estado de vida, forjado en el crisol de tantas pruebas, fue como un firmamento perfectamente puro y azul, que se abre sin restricción sobre las nubes densas y oscuras. Siento que Gandhi mantuvo su estado de vida a pesar de todo, inclusive durante sus ayunos en prisión, inclusive cuando debió dirimir el terrible dilema de enfrentar la amenaza fascista con violencia o con no violencia, inclusive cuando tuvo que zanjar las violentas luchas comunales de Bengala y de Calcuta. Fue su estado espiritual lo que le permitió sostener el optimismo en su afán de compartir con el pueblo indio no ya la cobardía o la no violencia servil de los débiles, sino la no violencia del fuerte, que se nutre del coraje. En otras palabras, luchó por enseñar a su pueblo la suprema virtud humana de la no violencia. En este plano espiritual hallamos la auténtica esencia del "gandhismo".
Si alguien lograra algún éxito inmediato desviándose de este principio fundamental, sucumbiendo, por un lado, a la tentación de la debilidad humana o, por el otro, a la violencia, estaría adulterando el "gandhismo" y no merecería llevar ese nombre. La no violencia fue la línea de vida de este individuo que, en las palabras de Rolland, era "religioso por naturaleza, [...] líder político por necesidad".(5) Para él, la no violencia constituía una prueba de nuestra humanidad, la cuestión del éxito o del fracaso mundano siempre tenía importancia secundaria.
Por momentos, esta forma de vida intensamente filosófica dejó perplejos a sus camaradas y simpatizantes, como sucedió con Nehru y Rolland, quienes fueron incapaces de llegar a sus alturas. Y, claro está, si miramos su proclama de resistencia no violenta al nazismo desde un enfoque a corto plazo, puede parecernos idealista, hasta el punto de caer en la irrealidad. Pero desde una perspectiva a largo plazo, y si nos retrotraemos a la historia de la posguerra, creo que debemos reconocer la verdad de esta "voz del yermo" --voz que siguió proclamando aún durante la guerra--: la no violencia representa el único medio por el cual puede llegarse a la auténtica democracia y libertad. La desconfianza y el pesimismo que signan nuestra era vuelven aun más acuciante la necesidad de tener un optimismo como el de Gandhi, una fe en la especie humana como la que él orgullosamente declaró.
El siguiente aspecto del legado "gandhiano" que me gustaría analizar es su "activismo". Durante toda su vida, Gandhi fue un hombre de acción. Una vez, cuando un brahmán le sugirió que ingresara a una vida de meditación, se dice que Gandhi replicó que, si bien sus días se hallaban consagrados al propósito de hallar la libertad espiritual de la iluminación, no veía ninguna necesidad de retirarse a una gruta para lograrlo. Según decía Gandhi, él poseía esa caverna y podía llevarla consigo. El humor típicamente "gandhiano" de este episodio nos brinda un maravilloso retrato de este santo descalzo. Por su magnitud y su alcance, las actividades desplegadas por Gandhi son incomparablemente más grandes y vastas que las de otros defensores de la no violencia, como Tolstoi.
Con todo, su "activismo" no debería confundirse con la mera acción, algo de lo cual es capaz incluso un animal, si acaso no más que el hombre mismo. Su "activismo", que contiene muchos aspectos de una práctica espiritual, se halla inspirado en un imperioso llamado interior de la conciencia: hacer lo que debe hacerse y luego examinar los propios logros, con amor y humildad, para ver en qué han sido deficientes y en qué se excedieron. Si bien Gandhi fue un individuo de acción resuelta y valerosa, siempre tuvo la humildad de reconocer la realidad, y nunca incurrió en la soberbia de monopolizar la legitimidad en sí mismo. Y aunque fue una persona de convicción inquebrantable, jamás buscó basar esa convicción en la mera coherencia lógica o teórica. En cambio, supo hallar la base en las profundidades de su propia alma; de allí la generosidad de espíritu y la tolerancia que le permitieron abrazar a todas las personas.
"El bien", decía, "avanza a paso de caracol."(6) Y en otra ocasión, escribió: "La no violencia es planta de crecimiento lento. Se desarrolla imperceptiblemente, pero a paso seguro".(7) El peso de estas palabras --y la profunda impresión que dejan en nosotros-- se deben a que, son la expresión silenciosa del credo de un individuo cuya creencia y acción concuerdan exactamente.
La imagen que tenemos del Gandhi "activista" representa un marcado contraste con la de un revolucionario, un hijo de las ideologías radicalizadas que dominaron gran parte del siglo XX. La ideología bolchevique, por ejemplo, ha generado filas y filas de revolucionarios fogosos que, a pesar de su idealismo y dedicación, cayeron en el dogmatismo y la estrechez de miras. Estos revolucionarios no vacilaron en recurrir a la violencia, cuando sintieron que era necesaria para concretar sus creencias. En su celebérrima obra Doctor Zhivago, el poeta ruso Boris Pasternak denuncia a los apóstoles de esta clase de ideología radical, diciendo que "nunca comprendieron que es la vida [...], jamás sintieron su hálito, su latido".(8)
Saumyendranath Tagore, sobrino del poeta [Rabindranath Tagore], fue aparentemente un trágico ejemplo de este mal. Si bien en un principio fue adepto al "gandhismo", luego adhirió al comunismo y llegó a criticar virulentamente a Gandhi y a trabajar en su contra. En sus diarios, Romain Rolland describe así al joven que lo había visitado: "Sin duda es un generoso joven idealista, muy sincero y dispuesto a sacrificarlo todo por su fe. Lo cual torna mucho más lamentable tener que ver que estas fuerzas inteligentes, puras y buenas se revuelvan contra el más grandioso y puro de los indios. ¡La locura fatal perturba el alma de los individuos que se dejan arrastrar por el torbellino de las revoluciones!".(9)
Cuando algunos observaron la cadena de acontecimientos que condujeron a la caída de la Unión Soviética, señalaron que el pueblo ruso había puesto fin al proceso que comenzó con la Revolución Francesa. Y, en cierto sentido, la muerte del comunismo puede ser definida como el fin de la ideología de racionalismo radical que se inició con la Revolución Francesa y continuó con la Revolución Rusa. Gandhi no tardó en ver la debilidad subyacente a esta clase de ideología. "Los racionalistas", escribió, "son seres admirables; (pero) el racionalismo se convierte en un monstruo horrendo, cuando reclama para sí la omnipotencia".(10) Frente a este marco, nos conmueve mucho más aún la nobleza resistente que mostró Gandhi, en su vida de "activismo" progresivo.
El tercer punto que quisiera mencionar es el populismo de Gandhi, su extraordinaria comunión con las masas del "pueblo anónimo", como se lo llama. En nuestro mundo, cada vez más orientado a la democracia, hay gran número de líderes que invocan el nombre del "pueblo". Sin embargo, ¿cuántos realmente están trabajando del lado del pueblo y en beneficio de la gente? Según pienso, no es exagerado decir que la mayoría de estos líderes tan sólo "juegan con las multitudes", a quienes desprecian en su fuero interno y utilizan para sus propios fines.
Por el contrario, Gandhi era un verdadero amigo, un auténtico padre para la gente común. Su vida altruista y devota, que transcurrió en medio del pueblo indio, compartió las alegrías y los pesares de sus semejantes. Por esto y por su inmensa comprensión del pensamiento popular, se ganó el título de Mahatma (el gran alma). Se preguntaba:
¿Por qué Él [Dios] me ha elegido a mí, un instrumento tan imperfecto, para llevar a cabo un experimento tan grandioso? Creo que lo hizo deliberadamente. Tenía que servir a millones de pobres, ignorantes y mudos. Un hombre perfecto habría acabado por desesperarlos. Cuando vieron que, rumbo a la ahimsa [no violencia], marchaba uno que tenía sus mismas fallas, pudieron confiar en su propia capacidad.(11)
El amor que colma este fragmento, la disposición a sufrir junto al pueblo que late en este pasaje, despiertan en mí un torrente de emociones que me es imposible contener.
Nichiren Daishonin, el fundador del Budismo que veneramos los miembros de la SGI, fue hijo de un ignoto pescador. Sin embargo, enarboló las banderas de su Budismo para la gente común con verdadero orgullo de sus orígenes. La actitud de Gandhi hacia las personas anónimas me hace pensar en su profunda relación con el Camino del Bodhisattva que se revela en el Budismo Mahayana.
Y, sin embargo, la relación de Gandhi con el pueblo no se limitó a lo que podría denominarse como el aspecto "maternal" del afecto, el amor y la compasión por el sufrimiento del pueblo oprimido. No se puede ignorar el severo amor paterno con que advertía la necesidad de capacitar y disciplinar al pueblo, mediante la auténtica comprensión de la no violencia, de tal suerte que los indios pudieran superar sus debilidades y tomar conciencia de sus propias fuerzas. Sin dudas, esta fue la convicción que lo sostuvo mientras se entregó sin vacilaciones a las masas oceánicas de las personas comunes.
"Todo el tiempo he creído", escribió, "que lo que es posible para uno es posible para todos. [...] Mis experimentos no han sido llevados a cabo en el retiro, sino abiertamente".(12) Lo que aquí Gandhi menciona como "posible para uno" es la no violencia de alguien fuerte, una práctica que, como él señala, "implica una auto-purificación tan completa como sea humanamente posible".(13) Su lucha siempre fue conseguir que el noble ideal de la no violencia fuese "posible para todos". Así, pues, urgió y alentó sin cesar al pueblo para que fuese fuerte, a medida que organizó un movimiento de masas sin precedentes ni parangón. Einstein lo elogió como el genio político más grandioso de nuestra era. Pero yo creo que no sería excesivo sustituir "nuestra era" por "la historia humana". Sus dones notables quedaron plenamente de manifiesto en el éxito brillante de la Marcha de la Sal, que se realizó pese al escepticismo y las dudas de muchos. Bajo su genio político, lo que fluía era su singular y penetrante comprensión del pueblo.
Uno de los hombres más cercanos a Gandhi y, por lo tanto, más capacitados para observar directamente sus cualidades fue Jawaharlal Nehru, su amigo y aliado. En El descubrimiento de la India, Nehru describe el advenimiento de Gandhi como "una poderosa corriente de aire freso", "un rayo de luz". La transformación drástica que Gandhi logró en la conciencia popular merece nuestra especial consideración. En las palabras de Nehru, Gandhi "penetró la oscuridad y quitó las vendas de nuestros ojos, cual torbellino que hubiese agitado muchas cosas, pero, por sobre todo, el pensamiento popular".(14)
Para fortalecer y vigorizar al pueblo, el primer paso ha de ser liberarlos del miedo a la autoridad creado tras largos años de régimen colonial y de la cobardía y la resignación que lo acompañan. Gandhi brinda el siguiente aliento para que la gente adquiera y mantenga su verdadera fortaleza: "A la bondad hay que sumarle conocimiento. De poco sirve la bondad, por sí sola... Uno debe cultivar la refinada cualidad del discernimiento, junto con el coraje espiritual y la personalidad".(15) El bien y la fortaleza deben unirse a la sabiduría y la inteligencia, para poder producir todos sus efectos.
Según Nehru, la contribución más grande que Gandhi hizo al pueblo indio fue su sencilla exhortación: "¡No tengan miedo!".(16) Lo que anuncia el alba de una era realmente democrática son los ciudadanos comunes, cuando se liberan del miedo al poder y a la autoridad. En tal sentido, el mensaje de Gandhi seguirá iluminando los siglos venideros, no sólo como un don para el pueblo indio sino para todos los pueblos del mundo.
Por último, quisiera abordar la naturaleza "holística" del pensamiento "gandhiano" y sus principales consecuencias para la civilización. Si tuviera que expresar en pocas palabras la falla central de la civilización moderna occidental, diría que consiste en el aislamiento y la fragmentación que introdujo en todas las áreas de la vida y la sociedad. Con esto me refiero a las líneas divisorias que creó entre el hombre y el universo, entre la humanidad y la naturaleza, entre el individuo y la sociedad, entre los distintos pueblos, entre el bien y el mal, entre los medios y los fines, entre lo sagrado y lo secular, y así sucesivamente. En medio de esta fragmentación cada vez mayor, el individuo se ha visto inmerso por fuerza en una suerte de aislamiento. La historia moderna, que por un lado se caracterizó por la búsqueda de la igualdad, la libertad y la dignidad humana, al mismo tiempo ha sido la historia de nuestra creciente alienación.
No hace falta decir que el alegato constante de Gandhi durante toda su vida --y lo que manifestó en su personalidad-- se erigen como antítesis de estos aspectos de la civilización moderna. Si bien hay un cierto extremismo en su crítica a la civilización, simbolizada por su famosa charka (rueda de hilar), y que la vuelve difícil de aceptar sin objeciones, lo que yo encuentro invalorable es la conciencia mundial --e inclusive cósmica-- que impregnaba, del modo más natural, cada una de sus palabras y acciones. Su enfoque totalizador de la vida, lejos de toda fragmentación y aislamiento, aspiraba a la integración y a la armonía.
El siguiente pasaje expresa el enfoque "holístico" de Gandhi de un modo conciso:
No podría estar llevando una vida de religiosidad a menos que me identificara con toda la especie humana, lo cual, por otra parte, no podría hacer si no interviniera en la política. Todo el espectro de las actividades humanas hoy en día constituye un todo indivisible. No se pueden dividir las tareas social, económica, política y puramente religiosa en compartimientos estancos. No conozco ninguna religión alejada del quehacer humano. La religión brinda una base moral a todas las demás actividades que, de otro modo, carecerían de ella, con lo cual la vida quedaría reducida a un laberinto de "sonidos y furores desprovistos de significado".(17)
Su idea se presenta de un modo perfectamente claro. Y, creo yo, coincide con el enfoque del Budismo Mahayana, que subraya el carácter indivisible de la vida cotidiana con la religión y ve esta última como la fuente de energía y de inspiración para las actividades humanas. Si bien la separación entre el Estado y la Iglesia es un principio inmutable de la política moderna, esto no debería emplearse para fundamentar la idea de que la religión debe restringir su campo de acción a la vida interior y personal de cada individuo. Lo que Gandhi reclamaba era un mundo en que los valores religiosos esenciales enriquecieran y mejoraran todos los aspectos de la sociedad humana. Recuerdo, hace trece años, la ocasión en que visité la India y pude hablar con Jaya Prakash Narayan, uno de los compañeros más cercanos a Gandhi. Nuestro diálogo de casi una hora, que se llevó a cabo en la residencia rural de Narayan en Patna, sobre el tramo medio del Ganges, continúa formando parte de mis más vívidas memorias. Recuerdo que me impresionó muchísimo el concepto de "revolución total" que planteó Narayan. Le dije que, desde hace algún tiempo, yo venía propulsando esa clase de revolución, y le pregunté si coincidía conmigo en que la base de ésta debía ser primero la "revolución humana" --transformación de cada individuo desde lo interior--, que generaría cambios en la política, la educación y la cultura. Y, con inmensa satisfacción, recibí su más absoluto acuerdo con esta idea. Si bien en ese momento Narayan se debatía contra la enfermedad, en su voz vibraba una firmeza, una fuerza, que ponía en duda la gravedad de su dolencia. Nuestro encuentro ejerció un poderoso impacto en mí, y tuve la sensación clara de que se estaba transmitiendo al futuro el linaje ininterrumpido de Gandhi y de su espíritu vivo y palpitante, pese a las muchas pruebas a que fui sometido.
Daniel Bell fue un sociólogo norteamericano que, hace más de treinta años, predijo el arribo de nuestra actual era "post-ideológica". En El pasaje sinuoso, Bell escribió: "¿Habrá un retorno de lo sagrado, un surgimiento de nuevos modos de religión? No me cabe la menor duda".(18) Lo que Bell indica se corresponde notablemente con el temperamento religioso abierto o la espiritualidad que postuló Gandhi cuando escribió: "Religión no significa sectarismo. Es una creencia en el gobierno moral y ordenado del Universo".(19) Gandhi creía en el inmenso potencial espiritual y religioso que todas las personas poseían por igual. Pensaba que no debíamos dejar pasiva esta fuente interior de energía y de fortaleza. En cambio, insistía en que había que despertarla y hacerla surgir.
La religiosidad que personificaba Gandhi era esta clase de fortaleza espiritual que no reconocía "más Dios que la Verdad"(20) y era decidida en su repudio al sectarismo. Estoy convencido de que será esta misma espiritualidad la que curará y revivirá la mente y el corazón de los hombres, heridos gravemente por las ideologías violentas, para abrir el camino hacia un nuevo capítulo de la historia humana.
Cuando yo tenía diecinueve años, pocos días después de que terminara la Segunda Guerra Mundial, aprendí este noble camino de paz de mi mentor, el presidente Toda. Durante cuarenta y cinco años, me sumé a las personas comunes para consagrarme a nuestro movimiento, que se vio signado por grandes desafíos y vicisitudes. Mi deseo y mi determinación son seguir desarrollando una magnífica red mundial de solidaridad espiritual, con miras al objetivo de un mundo sin guerras. En esta empresa, confío en que me acompañarán mis estimados amigos de la India; la imagen de Gandhi estará siempre en mi corazón, interpretando melodías espléndidas y resonantes, en esa comunicación de vida a vida que él mantenía con su pueblo.
Para concluir, quisiera compartir con ustedes un fragmento de Rabindranath Tagore que fue quien confirió a Gandhi el título de Mahatma. Este poema es un himno al ritmo eterno de la vida que atraviesa todos los pueblos, la sociedad y el universo.
El mismo caudal de vida que corre, día y noche, por mis venas, corre por el mundo y danza en compás rítmico.
Es la misma vida que salta de gozo por el polvo de la tierra, en innumerables briznas de hierba, que irrumpe en tumultuosas olas de hojas y de flores.
Es la misma vida que la cuna del mar mece, creciendo y bajando, del nacimiento a la muerte.
Y siento que mi cuerpo se glorifica al contacto de este universo de vida; y me lleno de orgullo, porque el latido de la vida de todos los siglos, danza en este instante en mi sangre.(21)
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